San Jerónimo

San Jerónimo

Nacido en Estridón (Dalmacia) en el 347, Jerónimo representa uno de los mayores exponentes del monaquismo ascético; ostenta además el título de Doctor de la Iglesia. Recibió la formación inicial en su familia de fe cristiana, estudios que prosiguió primero en Milán y después en Roma, junto con Rufino de Aquileya, en la escuela del célebre gramático Donato.

La fascinación de la Ciudad Eterna lo atrajo, tanto por su ambiente de estudio como por su vida mundana. Sin embargo, bautizado a la edad de 19 años, comenzó una vida retirada, buscando una profunda conversión y una vida ascética dedicada a la contemplación. Acabados los estudios, se dirigió a Tréveris para iniciar su carrera, pero descubrió la belleza de la experiencia monacal.

Así, contra la voluntad de su propia familia, se retiró a Aquileya de Dalmacia, junto a su amigo Rufino. Desde allí decidió dirigirse al Oriente, a la cuna del monaquismo, buscando una experiencia todavía más ascética. Se detuvo en Antioquía, junto al obispo Evagrio, de quien aprendió la lengua griega. Fue un periodo de alta experiencia ascética y espiritual, tanto en la lectura asidua de la Palabra de Dios como por la enfermedad.

Desde Antioquía, Jerónimo se retiró al desierto de Calcis, en la frontera con Siria, y comenzó una dura vida de anacoreta. Allí aprenderá el hebreo, con el fin de leer en lengua original el Antiguo Testamento. Viviendo esta profunda experiencia en el desierto, se le encargó traducir la Sagrada Escritura al latín. El resultado de su prodigioso trabajo resultó un don precioso para la Iglesia de Occidente: su Biblia, llamada «Vulgata», es hasta hoy el texto confirmado como oficial por la autoridad de la Iglesia.

Tras una breve experiencia precenobítica en el monte Aventino de Roma, se retiró a Belén, donde vivió los últimos años de su vida y donde pudo llevar a término su trabajo de traducción de la Biblia. En Belén le acompañaron Paula y su hija Eustoquio, dos patricias romanas que aportaron una fuerte suma de dinero para la construcción de dos monasterios, masculino y femenino, un hospicio para peregrinos y una escuela monástica.

Esta fue la primera experiencia de fundación monástica en las proximidades de la Gruta de la Natividad. Aunque no existen datos sobre la exacta ubicación de los monasterios, es seguro que Jerónimo elegiría las cuevas próximas a la Gruta Santa para la oración y la meditación. Emblemática en su espiritualidad es la reflexión sobre el pesebre de la Gruta de la Natividad, que, con el fin de dignificar el lugar, había sido sustituido ya en aquel tiempo por un receptáculo de plata:

«¡Ay, si pudiera contemplar aquel pesebre en el cual reposó el Señor! Hoy en día, en honor a Cristo, hemos limpiado la suciedad de aquel lugar y lo hemos adornado con objetos de plata, aunque para mí tiene más valor aquello que se quitó. Propio es de paganos el oro y la plata; la fe cristiana prefiere, en cambio, aquel otro pesebre lleno de estiércol. Aquel que nació en ese pesebre rechaza el oro y la plata. No es que esté criticando a quienes, con el fin de tributarle un honor, obraron de tal modo (así como tampoco a aquellos que en el templo fabricaron vasos de oro): lo que me admira es que el Señor, creador del mundo entero, no naciera en medio del oro y la plata, sino en un lugar lleno de lodo»

(Jerónimo, Homilía para la Natividad del Señor, finales del siglo IV).

[«O si mihi liceret illud praesepe videre, in quo Dominus iacuit! Nunc nos Christi quasi pro honore tulimus luteum et posuimus argenteum: sed mihi pretiosius illud est quod ablatum est. Argentum et aurum meretur gentilitas: christiana fides meretur luteum illud praesepe. Qui in isto praesepe natus est, aurum condempnat et argentum. Non condempno eos qui honoris causa fecerunt (neque enim illos condempno qui in templo fecerunt vasa aurea): sed admiror Dominum, qui creator mundi non inter aurum et argentum, sed in luto nascitur»].

Este párrafo manifiesta el deseo de reconocer la humildad y la sencillez de la encarnación de Cristo, que fue depositado en un pesebre sencillo, no hecho de materiales preciosos, un simple pesebre que hiciera más patente la grandeza del acontecimiento de la encarnación. Tras la muerte de Paula y Eustoquio, y tras la llegada de la noticia de la toma de Roma por parte de Alarico (410), Jerónimo experimentó un cierto desarme moral y el agravamiento de su estado de salud. Permaneció ya solo en su monasterio, que se iba desmoronando y estaba amenazado por continuos saqueos, y se dedicó a la acogida de cuantos llegaban al lugar y necesitaban refugio y hospitalidad.

El 30 de septiembre de 420 murió, tras un periodo de fuertes sufrimientos físicos, dejando a la Iglesia el tesoro inestimable de sus escritos.

Periodo romano-bizantino