Presencia franciscana en Belén

Gratias agimus

Los franciscanos estaban ya presentes en el convento del Monte Sión (Jerusalén) en 1335, como lo confirman las bulas del Sumo Pontífice Clemente VI “Gratias agimus” y “Nuper carissimae” (1342).

Allí se habla de las difíciles negociaciones y de los ingentes gastos de los soberanos de Nápoles, Roberto de Anjou y Sancha de Mallorca, con el fin de readquirir las propiedades de manos del sultán de Egipto, Melek en-Naser Muhammed.

Desde el convento del Monte Sión, los franciscanos se dirigían regularmente a realizar sus devociones en los días festivos establecidos a los santuarios próximos, entre los que se contaba el de Belén. Una fraternidad efectiva y presente en Belén existía ya en 1347, como nos declara fray Nicolás de Poggibonsi, quien, llegado ese mismo año a Tierra Santa, escribió en su “Libro de Ultramar”: «Volvimos a la iglesia de Belén, que poseen hoy los Frailes Menores de San Francisco, que nos la dio Medefar, sultán de Babilonia; los frailes llegaron allí cuando yo estaba en Jerusalén».

El sultán que se nombra es Al-Muzaffar Sayf-ad-Din Hayyi, que gobernó en El Cairo en 1346-47. El dato queda confirmado en una carta de Juana I, Reina de Nápoles, enviada en 1363 al sultán de Egipto para solicitar algunos privilegios en favor de los Frailes Menores. Gracias a las estrechas relaciones entre franciscanos y gobernantes europeos, y gracias también a los esfuerzos del entonces Hermano Guardián, Fray Juan Tomacelli, en 1479 se pudo proveer a la reforma del entramado del techo de la basílica bizantina.

Los materiales ofrecidos por Felipe III de Borgoña (Felipe el Bueno) y por el rey Eduardo IV de Inglaterra, fueron transportados por galeras de la “Serenísima” Venecia hasta Jaffa, y después a Belén. Aquellos materiales resisten todavía hoy, después de seis siglos.

La presencia franciscana fue continua e ininterrumpida hasta 1637, en calidad de únicos propietarios tanto de la Basílica como de la Gruta de la Natividad. Los franciscanos garantizaban las celebraciones, brindaban acogida a los peregrinos y realizaban los obligados trabajos de mantenimiento.

Con todo, éste no fue un tiempo de paz para ellos, que vieron cómo su propiedad era puesta en discusión y reclamada incluso por el obispo titular de Belén. Los franciscanos se dirigieron entonces directamente al Papa Martín V, quien, con la bula "Dudum siquidem", rechazó tales pretensiones y confirmó a los Frailes Menores la posesión de los Santuarios de Tierra Santa.

Los Franciscanos y Belén

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